Había una vez un paisaje gris, que había sido consecuencia
de muchos años de descuido y un temporal constante. Las palabras que formaban
los caminos eran “nunca mas”, “no se puede”, “no vale la pena”, “no lo merecés”.
El paisaje se había acostumbrado a ellas, y por momentos cuando algunos rayitos
de sol asomaban entre las copas de los árboles grises, se permitía reir.
Te conté el secreto de cuando salió el sol, y sonreiste. Qué
bien se sintió eso.
Resulta ser que una tarde en medio de esa vida aburrida y
rutinaria que el paisaje vivía, una luz ocupó por completo el universo.
Brillaba como si fuera oro, era casi enceguecedora. Entre medio de tanta
curiosidad, el paisaje se acercó a esa luz y le preguntó: –Y vos quién sos?, a
lo que la luz respondió –Soy quien te va a hacer feliz.
Se imaginarán queridos lectores, que el paisaje echó a reir
y repitió: “nunca más”, “no se puede”, “no vale la pena”, “no lo merecés”. Y al
momento que levantó la vista esperando que la luz se haya ido, ella seguía ahí,
intacta y sonriente.
Pasaron los días y la neblina que bañaba los caminos, sin
razón aparente, se disipó. Y no le cuenten a nadie, pero una margarita se asomó
entre unas piedras que estaban por ahí.
El paisaje sospechaba que algo estaba pasando, pero no creía
que eso fuese verdad. Ya anticipando cómo iba a terminar su frustrada historia,
se dejó llevar y se permitió disfrutar la situación, total “no se puede” ni “lo
merecía”.
Pero una cosa llevó a la otra, y sin querer las margaritas ya
estaban copando el paisaje. Hey!! Qué estaba pasando? “Nada que te haga daño,
solo hay que dejar que todo fluya”. El paisaje se pensó que sus caminos se
llenarían de hippies, y eso le causó gracia.
Pasó y pasó el tiempo, fueron casi como 5 años, pero
resumidos en algunas horas. Vieron que cuando uno la pasa realmente bien el
tiempo corre deprisa?. Tengo mis serias sospechas que lo hace apropósito para
darte la posibilidad de convivir con ese sentimiento raro que la gente lo suele
llamar “extrañar”. El paisaje casi ni se acordaba qué significaba eso.
Una vez, un pajarito le dijo al paisaje: “Si vas a inventar
algo, que sea un final feliz”, y desde ese momento las cosas cambiaron. Miró a
su alrededor y vió flores de todos los colores, perritos y gatitos que bailaban
por ahí, vacas con peinados raros pero graciosos y gallinas con sus pollitos
que movían la cola sin parar. Todo había cambiado, ya el gris había quedado en
el olvido.
Y claro!! En ese momento el paisaje se dio cuenta que para
ser feliz y para que su naturaleza crezca se necesita luz. Pero luz natural, no esas mentirosas que te venden
en cualquier esquina. Y cuando la perspectiva es luminosa, los finales son
felices.
Fin.










